Texto por Julio Bellver Blasco.
Desde el año 1707 hasta 1718 la cofradía de la Sangre dejó de ejercer sus actividades por varios motivos: La mayor parte de sus cofrades había huido de la ciudad a consecuencia de la guerra; recuperar sus bienes incautados era la principal prioridad; el convento de San Francisco estaba en ruinas, con lo que la sede de la cofradía había desaparecido.
A partir de 1718, con la repoblación de la ciudad y la restauración del convento volvió a ejercer sus actividades la congregación. Aunque durante el primer cuarto de siglo eran pocos los cofrades poco a poco fue aumentando su número inscribiéndose en ella muchos de los repobladores. Es importante reseñar que durante el efímero reinado de Luis I, se ratificaron los estatutos de la nobleza valenciana, así como los privilegios concedidos antes de la guerra de Sucesión a la clase de Ciudadanos de Valencia, Alicante y San Phelipe.Este Real acuerdo se hizo efectivo el 14 de agosto de 1724 (1) y decía así:”He resuelto a consultas de mi consejo de cámara de 21 de junio de 1723 declarar que no me opongo a los abolidos fueros que había en dicho mi Reino de Valencia. Se estimen y tengan por Hidalgos a los Generosos, Caballeros, Nobles y Ciudadanos de inmemorial.” Este acuerdo favoreció la vuelta de un gran número de nobles y ciudadanos, así como que otros solicitaran ser incluidos en esta clase social, alegando que sus antepasados antes de la perdida de los fueros ostentaban cargo de Jurados de la ciudad. Esto permitió la vuelta a las actividades caritativas, espirituales y organizadora de las procesiones de Semana Santa, por parte de la la Sangre.
Por primera vez, a finales de 1728, fue nombrado Prior de la Cofradía un miembro del Cabildo de la Colegiata y no un Franciscano. El nombramiento recayó en el Canónigo D. Mariano Jordá. Este influyo para que la sede de la Purísima Sangre se trasladara a la Colegiata y el 1 de febrero de 1729 se presentó la documentación al Cabildo (2). La solicitud se estudió y el 10 de marzo fue admitida la cofradía de la Sangre en la Colegiata, permitiendo que celebrase la festividad de la Circuncisión, y de la Sangre en el altar de la Vera Cruz(3).
Fernando VI al dotar de nuevas Ordenanzas a la ciudad en 1750, concedió reconocimiento Real a la Cofradía de la Purísima Sangre de Cristo para organizar las procesiones de Semana Santa. Pocos años después en 1754, recibió la congregación, por parte del Papa Benedicto XIV dos Bulas Pontificias por las cuales ganaban los cofrades una reducción “ de las penas que debían padecer a consecuencia de los pecados”, comulgando las tres fiestas de la cofradía, acompañando a los desamparados en sus entierros y asistiendo a misa los días en que la cofradía tenía Oficios.
Continuó con sus actividades la Sangre durante este siglo y el año 1788 se propuso redactar nuevas “Ordenanzas para el gobierno de la cofradía”. Tardaron tres años en concluirlas haciéndolo el 5 de febrero de 1791. El procurador de la Sangre Domingo Gavaldón y López acudió al Consejo Real de Carlos III para su aprobación. Estas ordenanzas consiguieron la unión de la clase noble ( que es la que procesionaba la imagen de la Soledad ) y el estado General. Se aprobaron por la la audiencia sus capítulos el 5 de diciembre y publicándose el 3 de febrero de 1793.
A partir de 1763 la cofradía de la Sangre organizaba las siguientes procesiones:
Domingo de Ramos: Se realizaba el traslado del Cristo. Sobre las cinco de la tarde, salía la procesión desde la casa del clavario saliente. Pasaba por el convento de San Francisco, donde le esperaba el clavario entrante y proseguía hasta la casa de este último. Los cofrades con vestas moradas, la cola suelta para así mantener una distancia prudencial entre cada uno y poder guardar mayor silencio. Cada pareja correspondía a un gremio, que todos los años iba corriendo una posición en el orden de la procesión. A continuación de los cofrades se situaban los invitados del clavario, que junto con los mayorales y demás oficiales vestían de negro. Todos con cirios rojos. En la mano llevaban un ramo de flores, regalo del clavario. Delante de la imagen 33 cofrades con otras tantas antorchas, en memoria de las llagas de Cristo. La palma del Cristo era la que había llevado el clavario en la procesión de la mañana. Presidía el Prior con los dos clavarios, el saliente a la izquierda y el entrante a la derecha.
Martes Santo: Ese día, por la tarde, se vestía la Imagen de la Virgen de la Soledad en presencia del monitor de la cofradía. Lo hacían un grupo de cuatro mujeres. Hay que tener en cuenta que entonces la imagen era muy pequeña de forma que era portada por cuatro personas. La semana anterior, el jueves de Pasión, se invitaba al ayuntamiento a las procesiones de Miercoles y Viernes Santo, llevando un mayoral la cédula que entregaba a uno de los Regidores.
Miércoles Santo: Por la tarde, los mayorales tercero y cuarto junto al Síndico, iban al convento de Mercedarios para levantar escritura de devolución de la imagen del Santísimo Eccehomo, que se llevaba a San Francisco para la procesión de Viernes Santo. A Santo Domingo acudían todos los miembros de la cofradía vestidos igual que el Domingo de Ramos para procesionar a la Virgen de la Soledad. Desde el convento de Mercedarios salía el Stmo. Eccehomo. Los dos cortejos salían a las cinco de la tarde. Después del Encuentro entre Cristo y la Virgen en la puerta de San Francisco, entraban las dos imágenes a la iglesia, colocando una a cada lado del Monumento. Síndico y Clavario invitaban al Ayuntamiento para la procesión de Viernes Santo.
Jueves Santo: Por la mañana, asistía toda la cofradía al traslado de Cristo al Monumento. Quedaban dos cofrades, por turno, custodiándolo. Por la tarde salía toda la congregación desde la sacristía a la Iglesia. Después de las oraciones se quedaba el Sindico en vela. El resto se desplazaban a invitar a las demás cofradías para la procesión de Viernes Santo. Primero al convento de la Trinidad para invitar a la cofradía de la Oración de Jesús en el Huerto. En segundo lugar a la parroquia de San Pedro para invitar a la cofradía del Santo Sepulcro. A continuación a Santo Domingo, para invitar a las cofradías de Jesús Nazareno y a la del Señor de la Columna. En cuarto lugar a San Agustín, para invitar a la cofradía de Ntra. Sra. De los Dolores. Una vez realizadas las invitaciones regresaban todos los cofrades a San Francisco. Entraban en la iglesia sentándose alrededor del Monumento, quedándose allí hasta que pasaba la procesión de Jesús Nazareno.
Viernes Santo: Por la mañana, asistía la cofradía a los Oficios. Acabados estos, se dirigían a casa del clavario para trasladar en procesión la imagen del Cristo hasta San Francisco, para la procesión de la tarde. Lo situaban entre la Soledad y el Eccehomo. A partir de las tres de la tarde acudían los cofrades que recibían a las imágenes de las demás cofradías. Se situaban en los claustros. A la parroquia de San Pedro acudían el Síndico y dos Mayorales para avisar de la hora de la procesión. Cuando se hacía la hora, el Arreglador, cargo que ostentaba el Síndico, daba la orden de salir a todos los pasos, con el siguiente orden:Oración en el Huerto; Cristo de la Columna; Santísimo Eccehomo; Jesús Nazareno; Santísimo Cristo de la Palma; Santo sepulcro y Virgen de la Soledad.
Acabada la procesión, y conforme iban llegando a San Francisco las imágenes, se situaban alrededor de la puerta de la iglesia. El Cristo de la Palma se colocaba delante de esta, y el clavario, que era quien llevaba la Imagen, la dejaba a otro cofrade y pasaba a dar las gracias a cada cofradía por haber acudido a la procesión. Al llegar a la imagen de la Virgen de la Soledad saludaba al ayuntamiento y junto a los cofrades y dos mayorales acompañaban a la Soledad al convento de Santo Domingo. Los otros oficiales acompañaban al Eccehomo hasta el convento de Mercedarios. Finalmente se llevaba la imagen del Cristo de la Palma a casa del clavario, donde quedaba depositado hasta el año siguiente.
1-AMX. Legajos. Correspondencia Oficial,Sig.76
2-AHCX. Libros Capitulares. L 72, p 245v.
3-AMX. Legajos, nº 74 p4.
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